Identidad profesional en enfermería: un reto personal y profesional

Ingrid Carolina Zamorano Pabón

RESUMEN

Este artículo hace una reflexión acerca de la imagen
distorsionada de la enfermera(o) que se ha trasmitido
a través de la historia y se sigue difundiendo en los
medios de comunicación y su influencia en nuestra
autoestima e identidad profesional. Invita a reconocer
la importancia de la construcción de nuestra identidad
desde los primeros pasos en la profesión a través de la
experiencia de cuidado durante la práctica clínica, con
la cual puede dimensionar el objeto de Enfermería, lo
maravilloso que es el acto de cuidar y cómo en esta
interacción humana se dignifica el ser. Esta experiencia
nos motiva, no sólo a redefinir la identidad profesional
sino a encontrar en cada uno de nosotros las dificul-
tades y fortalezas para su construcción.

Palabras clave: historia, identidad profesional
en enfermería, autoestima profesional, competencia.

 

INTRODUCCION

Es cierto que en el común de la gente existe un
estereotipo de enfermera, percibida como una
persona atractiva para el sexo masculino, poco notoria,
que se desempeña sólo en el ambiente hospitalario y
desarrolla procedimientos de baja complejidad También
es cierto que se han hecho grandes esfuerzos por llegar
a la profesionalización de la enfermería y disponen de
las grandes teorías y modelos que hoy nos guían. Para
llegar allí, nuestra profesión tuvo que pasar por una larga
historia que se inicia con el cuidado popular basado en
relatos que se transmitían de generación en generación.
Aparece más adelante la mujer religiosa que ofrecía sus
cuidados por caridad y en búsqueda de la salvación; más
tarde surgió la enfermera atenta que debía enaltecer y ser
la ayudante del médico. —La enfermera, ante todo, debe
aprender a servir, a no caminar jamás delante del médico
sino seguirle— (1).

Esta imagen distorsionada, que aún nos persigue, vie-
ne desde los inicios de la historia, ya que la mujer siempre
ha proyectado la imagen de un ser maternal dedicado a
cuidar, consolar y alimentar a los hijos y a los enfermos.
Es así como se ha generado una desvalorización del cui-
dado que ellas brindan por considerarse una actividad de
solidaridad innata. Además “ser mujer incitaría al pecado
de la carne” (2).

Después de varios siglos, enfermería ha pasado de
ser un accionar movido por la caridad y el instinto ma-
terno a ser una profesión fundamentada en la ciencia y la
investigación. Pero debido a la falta de información acerca
de nuestros inmensos avances en las bases científico-téc-
nicas del cuidado, la investigación, la educación y nuestro
posicionamiento como profesión y disciplina autónoma,
es comprensible la distorsión que se ha producido en la
imagen que sobre la enfermera proyectan los medios de
comunicación y el mal concepto existente sobre ella, y es
por eso que todavía los medios de comunicación siguen
mostrando la enfermera sexy con un diminuto uniforme
haciendo parte de alguna campaña publicitaria, o en el
hospital cumpliendo órdenes médicas.

Desde que decidí estudiar enfermería empecé a es-
cuchar comentarios acerca de mi elección, ¿y por qué no
estudió medicina mejor? ¿Después puede hacer la profe-
sionalización y ser médica? Otros dicen: ¡Ya tengo quién
me aplique las inyecciones!

Hay que aceptar que duele recibir algunos comenta-
rios mal intencionados o despectivos de algo que significa
tanto para nosotros como es la profesión con la que soña-
mos; duele por el esfuerzo que hacemos y hacen nuestras
familias día a día para culminar la carrera y el inmenso
orgullo que sentimos al decir “ yo soy Enfermero(a)”

Dicha imagen puede producir una alteración en la
autoestima profesional y, por consiguiente, podría verse
afectada nuestra identidad como enfermeros, pues “la ma-
nera como el profesional ve su profesión y el sentimiento
que ella le genera, influyen en su modo de pensar, de actuar,
y en cómo desarrolla sus relaciones con su entorno” (3).

“La autoestima se entenderá como el juicio per-
sonal acerca de nosotros mismos, que se expresa en la
forma de ser en sociedad y donde interaccionan diversos
componentes de la personalidad: cognitivos, afectivos y
conductuales” (4). Depende de cada uno de nosotros que
esta situación nos afecte a nivel personal y profesional,
de nuestra verdadera vocación, autoconcepto, de la ma-
duración del yo personal y el yo profesional, los valores
éticos y principios morales que hemos interiorizado en
nuestra formación personal y profesional y la seguridad
que tenemos acerca de nuestros conocimientos, además
de la importancia y el significado que tiene el cuidado de
enfermería en la salud y bienestar del ser humano.

La identidad profesional en enfermería es un tema
sobre el cual mucho se podría argumentar desde diferen-
tes disciplinas, pero más que discutir y tratar de definirla
debemos reflexionar y preocuparnos realmente por lo que
sentimos, pensamos, decimos y hacemos día a día por el
bienestar y la salud de los individuos y los colectivos.

La identidad la vamos construyendo día a día, desem-
peñándonos como enfermeros de calidad en la interacción
con la comunidad, con los empleados de la industria, en el
hospital más sofisticado o en el centro de salud más humil-
de. Durante la interacción que hacemos con el señor del
taxi o con nuestros vecinos y amigos, más que demostrarle
al otro quiénes somos, debemos reconocer en nosotros
mismos nuestro potencial y el valor de lo que hacemos.
La demostración empieza por nosotros mismos, pues si
nuestro yo personal y profesional es maduro y saludable,
reflejaremos quiénes somos realmente y los otros empe-
zarán a percibir la imagen real de la profesión.

A propósito de un enfermero de calidad, ¿quién defi-
ne este concepto? ¿Qué caracteriza a un buen enfermero?
¿Acaso es quien conoce la taxonomía de los diagnósticos
de enfermería, sabe con exactitud la farmacocinética y
farmacodinamia de cada medicamento, o quien obtiene
reconocimientos por los resultados en los indicadores de
su servicio? No, en mi opinión, no hay recetas mágicas
para ser un enfermero de calidad. Lo cierto es que cada uno
de nosotros, en el ejercicio de la profesión, debe estar lo
suficientemente capacitado tanto personal como profesio-
nalmente para reflejarse ante la sociedad como profesional
autentico e idóneo. Sólo así estaremos luchando por valorar
la imagen de enfermería. Cada uno tiene la obligación de
encontrar su propia fórmula.

“No podemos continuar creyendo que la identidad
nos la da la construcción de más y más manuales, proto-
colos, modelos y otros instrumentos que nos enmarcan en
un trabajo rutinario afanoso, más por el hacer que por el
desarrollo del ser. No. La identidad profesional es el resul-
tado extraordinario de la interacción humana, el intencional
y único que se da entre el cuidador y el sujeto que recibe
la acción del cuidado” (3).

DESARROLLO

Relato de la experiencia del cuidado

Durante el recibo de turno lo vi, estaba ahí en su camilla,
inmóvil, agobiado por el dolor y la incertidumbre, con gran
parte de su cuerpo vendado. La enfermera dijo: “paciente
de 28 años, víctima de mina antipersonal, quemaduras de
2 y 3o grado en cara, tórax y miembro superior izquierdo,
estallido del globo ocular derecho, tiene pendiente revisión
por oftalmología a las 10 am”. Mi cuerpo se estremeció al
verlo así. Sentí tanta compasión por él, se veía tan indefenso,
tan necesitado. El recibo de turno continuó pero yo no podía
moverme, seguí ahí observándolo una y otra vez.

Como metodología académica, en las prácticas clínicas los
docentes les asignan a los estudiantes, pacientes “complica-
dos” o con patologías que estén dentro de los objetivos de
la rotación. Aunque Juan parecía estar estable, yo quería
cuidarlo, acompañarlo, no por lo que pudiera hacer por sus
quemaduras o por sus ojos, sino por lo que debía hacer por
él en sí, por ese componente humano que tanto se olvida en
el personal del área de la salud. Yo sentía que debía estar
a su lado, que él me necesitaba.

Después de saludarlo y presentarme, lo vi con la boca seca,
con lengua saburral y muestras de deshidratación. Tenía
la vía oral suspendida desde hacía 36 horas. Hizo un gran
esfuerzo para hablar y me contó lo poco que recordaba
del accidente: —Yo estaba, señorita, en el campo con mis
compañeros sacando las minas de la tierrita y de pronto
uno de los muchachos pisó una, ¡ por Dios!, aún creo oír
gritos de auxilio de todos, yo sentí un dolor tremendo en
mi ojo derecho, cuando tuve nuevamente conciencia de
mí estaba ya en este hospital, no supe quién me trajo pero
yo me siento muy angustiado pues mi familia aún no sabe
nada de esto. —Entonces fue cuando mi docente y yo nos
ofrecimos a comunicarlo con su madre, habló un par de
minutos con ella, contándole rápidamente lo que había
pasado y tranquilizándola un poco; después me contó que
el familiar más cercano vivía como a 4 horas de Medellín y
era muy poco probable que alguien pudiera venir a visitarlo
porque no tenían los recursos para hacerlo.

Preparé todo para trasladarlo hasta oftalmología y antes
de salir me preguntó con miedo: ¿iré a quedar ciego? Yo
le respondí que era muy prematuro dar una respuesta, que
fuéramos pacientes y optimistas.

En el camino me pidió agua, pero yo le expliqué que no
podía dársela pues posiblemente iría a cirugía mas tarde;
le humedecí los labios con un algodón empapado en agua
y la saboreaba como un niño lo habría hecho con un dulce.
Como Juan llevaba ambos ojos ocluidos yo fui describién-
dole el sendero por donde lo llevaba el camillero, le describí
los árboles y jardines del hospital, le conté que Felipe el
camillero medía unos dos metros y algunos centímetros más
y que era bastante corpulento y por consiguiente estaba
en muy buenas manos; fue la única vez que vi que parecía
sonreír a través del único espacio que tenía descubierto
en su rostro.

La consulta que tuvo Juan con la oftalmóloga ha sido uno
de los momentos que más me han conmovido en la vida.
Cuando la doctora inició la revisión, Juan sintió pánico de
la posible noticia que podría recibir; yo también tuve un
mal presentimiento pero traté de ocultarlo y apoyarlo. Le
realizaron varias pruebas para determinar su capacidad
de visión pero él dijo: “No veo nada”. Además se quejaba
de dolor todo el tiempo.

Una vez terminada la revisión le dijeron que requería una
cirugía urgente, que era precisa la presencia de un fami-
liar. La doctora le dijo directamente y sin rodeos: “Juan,
perdió su ojo derecho. Yo voy a hacer todo lo que pueda
por conservar su ojo izquierdo, pero la situación es crítica.
En el derecho le voy a colocar un vidriecito, pero existe la
posibilidad de que no pueda volver a ver por ninguno de
los dos”.

El paciente lloraba y las lágrimas le ardían en el rostro.
Sin sus familiares, a Juan sólo le acompañaba su miedo,
su dolor y las ganas de salir adelante.

Con ayuda de la auxiliar de Enfermería lo preparamos para
el procedimiento. En la entrada del servicio de cirugía me
apretó las manos y me pidió que no lo dejara solo. Yo no
podía hacer mas por él pues hasta allí llegaba mi función,
pero sabía que otros enfermeros y personal del área de la
salud lo iban a cuidar e intervenir muy bien. Sentí que había
hecho algo por él, porque pude recordarle que más que
un ojo o un brazo él era un ser humano, con sentimientos,
miedos, preocupaciones, que hace parte de una familia, que,
ríe, llora, sueña con un futuro y le recordé que aún existía
pues todavía percibía calor humano.

Reflexionando acerca de mi experiencia de cuidado,
encuentro que lo que realmente es importante en la cons-
trucción de nuestra identidad profesional es cuidar a cada
individuo y colectivo con calidad. Parece una conclusión
muy sencilla, pero así es. Enfermería no es hablar mucho,
saber mucho ni escribir mucho. Es brindar un cuidado in-
tegral y a tiempo, usar las palabras precisas en el momento
oportuno y en el sitio adecuado. No es estar elegantemente
vestida, no depende del uniforme que llevamos puesto o
de la raya negra o azul que nos identifica pues el amor por
la enfermería lo llevamos en el corazón.

En la medida en que la enfermera (o) ejerza su rol
profesional en forma íntegra, con ética, respetando al in-
dividuo a quien cuida y al equipo con quien interactúa, en
tanto ponga la calidad como principio de su desempeño,
estará manifestándose como un profesional idóneo. Eso
es lo que se denomina identidad profesional.

La identidad no es ser idéntico a otro. No es tratar
de imitar los comportamientos y actitudes de un profe-
sional que consideran excelente. Es ser auténtico. Es la
conciencia que tiene una persona de ser ella misma y
distinta a las demás. Un ser único, con diferentes formas
de adaptación, reacción, con un cuerpo de valores éticos
y principios morales que orienten su proceder, además de
ciertas fortalezas y debilidades, pero con algo muy claro
en común y es el objeto de la profesión que no es otro
que el cuidado; pues el cuidado ha de ser ante todo una
significativa cadena de actos completamente humanizantes
que logren, para quienes participan en él, una plenitud y
un equilibrio entre la gratitud y el servicio (3).

CONCLUSIONES Y RECOMENDACIONES

Como estudiantes y profesionales en enfermería debemos
conocer nuestra historia, no sólo por lo hermosa e impor-
tante que ha sido en el desarrollo de la profesión, sino para
comprender la procedencia de esa imagen distorsionada
por parte de los medios de comunicación que no es más
que falta de información.

Para trabajar por una nueva imagen debemos procurar
que cada individuo y colectivo reciba información acerca
de nosotros mediante las relaciones reales que tenemos
con nuestros pacientes, la calidad de nuestro trabajo y los
resultados de nuestras intervenciones.

El desarrollo de nuestra autoestima profesional es
determinante en el desarrollo profesional.

Ante todo debemos valorar nuestro trabajo, proyectar
la pasión que sentimos por lo que hacemos, sentirnos or-
gullosos por los resultados de nuestras intervenciones. La
sonrisa del niño, el apretón de manos del adulto o el —mi
Dios le pague— del anciano, son todo un reto personal y
profesional. Mirar al frente y caminar hacia la identidad
profesional en enfermería se traducirá en mayor recono-
cimiento y satisfacción en cada una de nuestras esferas
como seres humanos.

Ante comentarios mal intencionados no ganamos
nada reaccionando en forma negativa; debemos com-
prender esa falta de información y trabajar por la calidad
para así demostrar que somos profesionales con identidad
profesional.

Debemos empoderarnos de nuestro quehacer y ge-
nerar nuestro propio legado a través de la investigación
para así generar aportes al conocimiento y fortalecer la
verdadera identidad profesional en enfermería y contribuir
al proceso de desarrollo de nuestra profesión.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
1. Calmette A. Anteproyecto. l` Infirmière Francaise.
1923-1924;(1).

2. Torres A, Sanhueza O. Desarrollo de la autoestima
profesional en enfermería. Invest Educ Enferm.
2006;(24)2:112-119.

3. Maya Maya MC. Identidad profesional. Invest Educ
Enferm. 2003;(21)1:98-104.

4. Cortes Aragón L. La autoestima: comprensión y prác-
tica. Bogotá: San Pablo; 1999. p. 239, 243.

 

Universidad de Antioquia • Facultad de Enfermería • Investigación y Educación en Enfermería • Medellín, Vol. XXVI N.o2 • Suplemento • Septiembre de 2008